Archive for the ‘Colaboraciones’ Category

Pedro Luis Ibáñez Lérida

Miércoles, Noviembre 26th, 2008

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Las letras ya no fueron suyas, cuando mi padre me enseñó a leer con cuatro años -su generosidad queda en mí, y su ausencia vacía mis labios-. Desde entonces, la búsqueda constante en la creación.

Así se presenta Pedro Luis Ibáñez Lérida, poeta sevillano que ha publicado entre otras obras: “Retazos” (I premio plumier de versos), “Versos sin prisas” (Finalista del I premio de poesía infantil Plumier de Colores), “Apenas”, “Dejad que los pueblos avancen con su historia”, ha sido organizador del I Recital de Poesía erótica en el Parque del Alamillo, coordinador de la lectura pública en el Centro Cívico de la Buhaíra, y componente y fundador del proyecto cultural y cinematográfico: Viaje a la Luna.

Es miembro del Grupo Poético Baratillo Joven Creación Poética.

Conocí a Pedro en la primera proyección que hicieron en el  Cine Forum y me mandó tres hiperrelatos para incluirlos en el blog de la editorial.

Espero que disfruten de su lectura.

EUTANASIA:

Entornó los párpados en tres ocasiones. La última de ellas, se apercibió de su nieto que lo miraba fijamente. Ambos sabían lo que ocurriría. La máquina trazó una horizontal en el monitor. Él, mantenía su mano exangüe.

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AÚN TE AMO:

El cárdeno hematoma de la mejilla, recorría su pómulo izquierdo hasta llegar a los labios inflamados. Mientras se miraba en el espejo, pensaba que aún le amaba.

Sonó la cerradura. Una, dos veces. y empezó a temblar.

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EL MELOCOTÓN:

El melocotón,

ilumina tus manos.

Las luce. Las flamea.

Enciende el sabor

de tu boca fresca.

Líquido espeso

la carne de la emoción.

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 PEDRO LUIS IBÁÑEZ LÉRIDA

LA FUGA

Miércoles, Noviembre 12th, 2008

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Carlos Enrique Cabrera es escritor, profesor universitario y promotor cultural. Estudió Filología Hispánica en la Universidad autónoma de Madrid y desde 1994 se desempeña como profesor a tiempo completo del Área de Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). En el 2001 fundó la revista cultural de letras, arte y pensamiento CAUDAL, que bajo su dirección lleva ya publicados 26 números.

Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría el libro: “Reflexiones de bolsillo (2002)” y el conjunto de microcuentos de pronta aparición: “Conjuros”.

Mantiene en “LA COMUNIDAD” del diario “EL PAÍS” el blog Conjuros.

Nos ha mandado este relato y que nosotros lo publicamos para que disfruten de la lectura del mismo y puedan comprobar el estilo de Carlos Cabrera.  Describe con pasión una escena que queda grabada para siempre en un grupo de muchachos. Merece la pena leerlo y reflexionar sobre lo sucedido.

LA FUGA

En la apacible tarde de verano el grupo de amigos de siempre paseábamos por la hermosa alameda que bordea el río. Como era habitual en nuestros encuentros Álvaro monopolizaba por completo nuestra atención, exponiendo, con la sin igual gracia y desenvoltura que le era connatural, sus más que interesantes y originales puntos de vista “sobre lo divino y humano”.

De pronto, en un detetminado momento calló, giró bruscamente sobre sí mismo y corrió calle abajo a toda velocidad, desbocado, como alma venida a buscar por el Ángel Derrotado. Tan repentina y veloz fue su huida que sólo por milagro cogimos al vuelo un fragmento de su cara y ciertamente hubiera sido mejor no haber llegado a hacerlo: la torturada expresión que entrevimos fue la de un alma sometida a los rigores de una extrema desesperanza o de una lacerante pena.

¿Qué había sucedido? ¿Qué?  Apenas segundos antes nuestro amigo aparecía ante nosotros como de ordinario, desbordante de gracia y agudo ingenio, prodigándonos la más alegre y contagiosa risa que pudiera oírse, risa con la que nos embadurnaba el alma como luz astral para lanzárnosla entre chispeantes destellos a la más loca expansión de alborozado entusiasmo. Y de pronto aquella loca carrera inesperada y desconcertante de verdadera alma en pena.

Como si de antemano nos hubiésemos puesto de acuerdo para no hacer el menor comentario sobre el insólito hecho, todos quedamos en el  más cerrado mutismo, como atornillados a la acera y sin saber qué hacer ni qué actitud adoptar, perdidos en un mar de conjeturas a cuál de todas más sombrías y deprimentes. Álvaro continuaba allí entre nosotros, ocupaba como siempre la atención del grupo, pero ahora como era habitual y acostumbrado, ahora con todo el peso de lo irremediable y terrible, de lo trágico; pues de algún oscuro modo intuíamos que su intespectivo gesto revestía toda la trascendencia de una lucha entre la vida y la muerte o entre la razón y la locura…

Cuando por fin, sobreponiéndonos a la fuerte impresión recibida, reempredimos la marcha, lo hicimos como si de pronto hubiésemos envejecido: encorvados y cabizbajos, hundidas las manos en lo hondo de los bolsillos de los pantalones, arrastrando lerdos los pies sobre las enormes losas de colores del paseo, fija la mirada en sus enmarañadas figuras geométricas, como si quisiéramos perdernos en sus laberínticos trazos para ya no regresar jamás…

Moría ya la tarde. El cielo se arrebujó en su denso manto malva. En la honda calma del crepúsculo el rumor del río nos llegó amplificado, salmodia o rezo o uniforme lamento sin fisuras que nos envolvía por completo, hipnótico. Súbita, una bandada de pájaros voló sobre nuestras cabezas y su estrépito (graznidos y aleteos) nos sacó del profundo ensimismamiento en el que nos hallábamos inmersos. Todos al unísono levantamos la mirada al cielo -en cuyo azul infinito perdíanse ya raudas las aves…- y a seguidas nos miramos a los ojos.

El aire a nuestro alrededor se cortaba. Un plúmbeo silencio constreñía nuestras almas como una cota de malla. Ernesto -que del grupo era el que mejor y desde más tiempo conocía a Álvaro-, lo rompió de golpe con un casi inaudible susurro:

Sí -dijo-, eso le da de vez en cuando, y cuando le da no hay más remedio que dejarlo, pues de nada sirve entonces hablarle, intentar calmarlo, consolarlo, enfrentar razones a su desvarío…

Fue todo; escueto monólogo que tan inopinadamente como surgió acabó, retornando en el acto su emisor al apesadumbrado mutismo precedente, grávido de lúgubres presagios, sin que ninguno de nosotros le pidiéramos explicaciones, por el contrario, seguimos nuestro lento avance sobre la acera como si nada hubiera pasado, como si nada hubiésemos oído ni nada hubiésemos presenciado, como si nadie allí hubiera hecho comentario alguno y nada, por tanto, tuviésemos que inquirir o indagar al respecto… (Pero yo sabía -y sabía que todos allí sabíamos- que de ninguna manera podíamos dejar de pensar en el gesto tan extraño y desconcertante de nuestro amigo ausente y en las amargas y desesperanzadas palabras de Ernesto, que parecían proponer o acercar una explicación posible…).

Era ya noche cerrada cuando nos separamos; cada cual enfiló rumbo hacia su respectiva casa sin intercambiar la menor frase de adiós ni despedida y sin volver ni un solo instante la vista atrás…

En adelante ya jamás fuimos los mismos…

CARLOS ENRIQUE CABRERA

La vida, viene y va

Miércoles, Junio 25th, 2008

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Águeda Iris nació en Barcelona hace 47 años. Es escritora y correctora profesional, dedicando parte de su tiempo a la corrrección de manuscritos de autores noveles para que lleguen con la máxima calidad en su primera presentación a las editoriales para su posible publicación.

Su pasión por la poesía se remonta a los quince años. Autora polifacética, escribe reportajes de autoayuda en revistas especializadas en el entorno al VIH.

En Enero del 2007 publica su primer libro: “Poesía de mujer”. En Abril de este año sale a la luz su segunda obra, un libro de relatos para adultos titulado: “Relatos de tres minutos en los que pensarás tres días”.

Participó como Rapsoda en el I Recital Poétic “Camp a través” de Figueres.

En Junio ha sido seleccionada con sus poemas para formar parte del libro “La mujer rota” como parte del homenaje a Simone de Beauvoir en el centenario de su natalicio y en solidaridad con las mujeres rotas del mundo. Actualmente escribe su primera novela.

Nos ha mandado este relato que impresiona por las vueltas que da la vida.

LA VIDA, VIENE Y VA:

Esa tarde, a Ángela le llegó un correo electrónico de su hijo: “Mamá, mira esto, no te lo vas a creer”. Intrigada abrió el enlace.

Frente al hombre que la miraba desde la fotografía, no pudo impedir que el tiempo corriera hacia atrás y hacia adelante al unísono. En esas secuencias que se sucedieron mientras miraba su imagen, se agolparon sus recuerdos e intentó imaginar los últimos veinte años de la vida de Antonio, su gran amor.

Recordó, ya sin dolor, sus últimas palabras: “Eres el amor de mi vida, la mujer que más he amado y amaré. Sé que me arrepentiré de abandonarte. Pero no puedo vivir con tanto miedo”.

Eso había sido veinte años atrás, cuando a Ángela le diagnosticaron una enfermedad grave y contagiosa, con desenlace de muerte segura, en menos de un año. Sin embargo, contra todo pronóstico, Ángela no enfermó ni murió, aunque cada día se levantaba con la espada de la muerte sobre su cabeza y la sensación de que en cualquier momento la atravesaría y segaría su joven vida.

Se habían conocido cinco años atrás, ella tenía veinticinco y era desenvuelta, alegre e inteligente. Tenía una natural, pero admirada belleza. Estaba separada y su hijo de siete años era su única familia. Trabajaba por aquel entonces como secretaria, en una agencia de modelos, en la que en los momentos que necesitaba dinero para llegar a fin de mes, también lo hacía como modelo de fotografía y pasarela.

Fue el trece de julio de ese año, lo recordaba con exactitud. Antonio, joven y atractivo empresario, celebraba en una discoteca, junto a sus tres socios, el cierre de un estupendo contrato con la firma japonesa de componentes electrónicos de alta tecnología más reconocida de Europa. Ángela desfilaba esa misma noche en la misma discoteca. Al cruzarse sus miradas, los dos supieron de ese amor fulminante.

A partir de entonces, Antonio hizo grandes locuras por su amor. Nada ni nadie lo podía parar. En dos semanas, rompió su relación de cinco años con una rica heredera y abandonó la casa de sus padres a pesar de la amenaza de desheredarlo. Ángela la abrió las puertas de su casa y de su corazón.

En ese ir y venir del tiempo delante de la pantalla del ordenador, mirando la imagen de ese abuelo de cara dulce y triste que vagamente se parecía a la del guapísimo y rico empresario, Ángela se preguntó: “¿Al final, todo para qué?”

Al día siguiente, un nuevo correo de su hijo suscitó su interés. Le decía que tenía una entrevista con Antonio, que ahora era dueño de una gran compañía con agencias  en todo el país y que habían seleccionado su empresa, recién creada, para facilitar soporte informático a todas las sucursales. “Mamá, va a alucinar, cuando sepa quién soy”.

Emocionada, Ángela recordó los momentos felices que habían pasado los tres.

Se preguntó cómo reaccionaría Antonio al encontrarse con su hijo. Pronto supo que saltó de su sillón al reconocer a aquel chiquillo que tanto había querido, convertido en un hombre y se abrazaron con efusión. Al acabar la mañana, firmaron el contrato sin hablar de trabajo, Antonio le preguntó sobre su vida y la de su madre. Le pidió el teléfono de Ángela.

Ella esperó su llamada. Quedaron para comer. Era otro trece de julio, veinte años después de conocerse.

Antonio le contó cómo había vivido la vida con éxito y dinero. Sin dejar mirar sus ojos tristes, Ángela le detalló su vida de lucha continua, de valiosa supervivencia y humildad. Recordaron su amor. A Ángela ya no le dolía. Sin embargo, Antonio le dijo que nunca le había dejado de doler. Seguramente, eso le había hecho envejecer tan deprisa, tanto que Ángela parecía su hermana pequeña, cuando él era dos años más joven que ella.

Se encontraron la semana siguiente, la otra y la siguiente. A pesar de la dicha que le provocaba su cercanía, Antonio seguía con la tristeza en la mirada. Ella intentó que eso cambiara, aunque fuese sólo por unos minutos. No entendía por qué estaba así, si aparentemente lo tenía todo.

    -Siempre lo he tenido todo, pero abandoné lo que de verdad necesitaba, el amor -le confesó al fin. -Fui un cobarde, no debería haberlo hecho.

    -No te tortures, lo que pasó ya pasó y aún tenemos mucho tiempo por delante -le dijo Ángela con cariño.

Las lágrimas se agolparon en los ojos de él.

    -Te lo tengo que decir, y sé que tú no saldrás huyendo…Me muero, sólo tengo dos meses de vida -dijo de pronto.

A Ángela se le hizo un nudo en la garganta y rompió rápidamente a llorar.

    -Sin embargo moriré feliz, si tú estás a mi lado -agregó Antonio con un atisbo de ilusión en la mirada, por primera vez.

Ángela fue contratada como enfermera personal en la casa de Antonio. Durante cuatro meses, no sólo le dedicó sus cuidados, sino también su ternura y su complicidad, hasta el último instante de su muerte.

Las últimas palabras de Antonio fueron: “Nunca dejé de amarte”.     

ÁGUEDA IRIS                                                  

El otro Klaus

Jueves, Mayo 29th, 2008

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 José Luis Muñoz (Salamanca, 1951). Novelista y articulista. Ha publicado numerosos artículos, reportajes y relatos en los diarios El Sol, El Independiente, El Observador, El Periódico,La Nueva España,  El Mundo,La Voz de Asturias, El Correo Vasco, en las revistas Playboy, Penthouse, Interviú, Cinemanía, Leer, Qué Leer, DT, GQ, Nox, Viajes National Geographique, Traveler, Nómadas, Islas del Mundo, Vilage, Descubrir, Viajeros, Los Libros, etc. Autor multipremiado con algunos de los galardones más importantes de la literatura española (Tigre Juan, Azorín, Café Gijón,La Sonrisa Vertical, Camilo José Cela o Juan Rulfo), puntal del género negro en España con más de 25 libros publicados en su haber y algunos traducidos a otras lenguas. Asiduo dela Semana Negra de Gijón, ha dictado conferencias en Bogotá, invitado por su Universidad Central, y ha participado en numerosos foros sobre novela negra. De él, el escritor Manuel Vázquez Montalbán dijo que es un autor ubicuo capaz de metamorfosearse en cualquier género que se lo proponga. Sus relatos figuran en numerosas antologías del género negro. Su última novela publicada es “EL MAL ABSOLUTO“, un thriller sobre el Holocausto editado por Algaida que mereció el premio de novela Ciudad de Badajoz.

Nos envía un relato que incuimos en el blog para que lo leáis y nosotros se lo agradecemos enormemente.

ESPERO QUE OS GUSTE:

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                                        EL OTRO KLAUS 

Otto Glessner entró en la cervecería Heidelberg que se abría en una de las  populosas esquinas de la plaza Oberagen de la ciudad de Zurich. El ambiente, al entrar, olía a cerveza, generosa y espumosa cerveza que los camareros escanciaban en jarras de barro de todos los tamaños, a salchichas de Frankfurt y a tabaco de pipa. Buscó por el local, rápidamente, hasta que su mirada topó con la del hombre de la gabardina. 

           “En la cervecería Heidelberg, a las seis, estará su contacto. Lo reconocerá por su gabardina blanca, por la montura de sus gafas dorada y por un ejemplar de “Frankurt Main” que llevara bajo el brazo”. 

       Otto Glessner se aproximó al individuo de la gabardina y tomó asiento en su mesa. 

           - Herr Koenig, me imagino.       

           - ¿Y usted debe ser Otto?    

           - Kostner me dijo que usted me daría instrucciones.   

         Koenig no miraba de frente, cosa que a Otto no le agradó. Koenig tenía una cara pétrea, unos ojos pequeños, unas arrugas pronunciadas, esculpidas en la frente por el cincel de los años, la barbilla tan cuadrada que no parecía humana. Abrió los labios ligeramente para dejar pasar un sorbo de cerveza y luego habló en voz baja, mirándose las gruesas manos mientras hablaba.   

         - Vaya al excusado. En la cisterna encontrará una bolsa de plástico con todas las instrucciones. Dentro hay un billete de tren, una pistola Luger con su cargador completo y una fotografía. La fotografía no es muy clara, pero es lo único que tenemos de Klaus.           

                - ¿Klaus? ¿Nadie me había hablado de Klaus?   

               - Ese hombre no debe bajar del tren.           

              - Pero a mí nadie me había hablado de eliminar a Klaus.           

             - ¿No se echará atrás ahora? No lo podemos consentir. No hay otro hombre. Si Klaus consigue llegar hasta la frontera alemana nuestros hombres del interior caerán de forma inexorable. ¿Entiende cuál es su responsabilidad?          

            - La entiendo.  

          Y guardó silencio, hasta que el hombre de la gabardina se levantó, pasó por su lado y le susurró antes de perderse entre los parroquianos que inundaban la cervecería Heidelberg.  

                 -Buena suerte.     

                                                                        *** 

            Otto Glessner se encerró con llave en su habitación. Hacía frío, pero la señora Girondelle,  que había heredado de su difunto marido un enfermizo sentido del ahorro, se negaba a encender la caldera central de carbón aduciendo que aún no habían entrado de lleno en el invierno. Otto, estremeciéndose, se metió dentro de la cama sin desvestirse; sólo se sacó los zapatos con las puntas de los pies, mientras se frotaba las manos. La noche caía en la ciudad de Zurich y las mortecinas farolas inundaban con su luz amarillenta las calles húmedas de la urbe. Desde que había tomado de la cisterna del lavabo de la cervecería Heidelberg la bolsa de plástico que contenía el billete de tren, la pistola Lugger y la fotografía de Karl, una sensación de angustia y frío le dominaba. Bernstein no le había informado bien en qué consistiría su misión. Bernstein había omitido deliberadamente revelarle que debía matar a un hombre. ¿Por qué él, que no se había distinguido precisamente en actividades armadas, cuyo labor era, simplemente, la de mero correo de la organización? La razón de ello se le escapaba. ¿O quizá se tratara simplemente de probar su fidelidad, de poner a prueba su lealtad?  Otto había visto la muerte en dos ocasiones, y la sensación que le produjo aquello le hizo perder el apetito durante semanas. La primera de aquellas muertes fue un ajusticiamiento, alguien había soplado que Lucas el Carnicero, apodado de esa guisa porque en la vida civil, antes de que estallara la horrenda guerra, estaba empleado de matarife en una granja de Rusembrock, - en broma se decía que del roce diario con los cerdos se le había pegado un cierto olor desagradable y también la tersura rosácea de su piel - era un traidor, un nazi infiltrado en la organización, y el delator había aportado pruebas que a los cinco miembros del comité de decisión les parecieron concluyentes e irrefutables. Otto asistió a su ejecución en un viejo almacén de telas, abandonado y oscuro, una ruina que pronto iba a ser demolida. Lucas el Carnicero estaba pálido, sudaba, temblaba y tartamudeaba tratando de dar toda clase de explicaciones mientras el verdugo, un tal Loester, un tipo frío y calculador, ajustaba el silenciador a su pistola. Sólo oyó un zumbido y luego una silueta que se derrumbaba en la penumbra y el ruido sordo de ochenta kilos de carne cayendo sobre el suelo del almacén. Y después frío, un frío espantoso. El segundo muerto que vio fue su padre. Hacía tiempo, desde la desaparición de su atractiva madrastra Berta con un agente de seguros con fama de conquistador, que el señor Glessner había decidido echar un pulso a la bebida. Era frecuente encontrarlo trasegando cervezas en las tabernas que cerraban más tarde, sentado en las escalinatas del puerto, con la vista fija en el agua oleosa, con una botella de vino en la mano o completamente echado sobre la acera de cualquier calle del barrio portuario. Aquella noche Otto se despertó al sentir un golpe sordo seguido de un grito ahogado y un gemido entrecortado. Al pie de las escaleras yacía el señor Glessner, víctima de la última y definitiva borrachera, con el cráneo quebrado y un cerco de sangre circundando la coronilla.   

                                                                    ***   

          En la estación de Kronisberg el bullicio era similar al de cualquier jueves. De Kronisbger, nudo ferroviario de Zurich, partían los ferrocarriles que llevaban hasta la frontera de Schaffahusen y los Alpes italianos, por ello no era casual que coincidieran en el mismo andén tipos tan desparejos como los cetrinos italianos del sur que, agotada la temporada agrícola, volvían a sus tierras ufanos de sus ahorros, los circunspectos suizos o los alemanes en viajes de negocios que regresaban a su país.  

         - Último aviso a los pasajeros con destino al Schaffausen. Tren 8 estacionado en la vía 4 iniciará en breve su trayecto.            Permaneció hasta el límite de tiempo en el andén. Se había pasado la noche anterior en vela, en la habitación gélida de la señora Girondelle, mirando una y otra vez la foto de Klaus hasta estar seguro de haberla memorizado, de saber identificarle y localizarle. No era un tipo vulgar para su suerte; piel blanca y ojos claros, azules o verdes, no se podía apreciar en la fotografía, nariz grande para el prototipo de ario que trataba de exportar el III Reich, cejas espesas que casi se juntaban en los extremos de los arcos praciliares.  Oyó un silbido y vio como el vagón más próximo experimentaba una sorda sacudida. De un salto se encaramó al estribo y luego ascendió despacio los peldaños mientras el tren, a trompicones, cogía velocidad y dejaba atrás los andenes, la estación, la ciudad, y se internaba, voraz, por el interior de un valle otoñal.   

          - ¿No encuentra su compartimiento, señor?- Otto movió la cabeza, expresivamente, mientras alargaba al jefe de tren el billete.    

         - Está en la cola, el último vagón. 

            - Muy amable.    

         Esperó a que el jefe de tren pasara al siguiente vagón para comenzar la inspección del convoy.                                                                           

                                                             *** 

            Otto examinó a conciencia todos los vagones. Indagó en los compartimientos a través de las puertas acristaladas o, cuando tuvo alguna duda sobre la identidad de algún viajero, se internó en el interior de ellos pretextando que no encontraba su asiento. En el segundo vagón, junto al de cafetería, encontró un individuo que bien podría ser Klaus, pero su estatura no coincidía con la que Bernstein le había indicado en el dorso de la fotografía, metro ochenta; aquel tipo escasamente haría el metro sesenta, lo pudo medir pese a hallarse sentado entre dos mujeres y ligeramente ladeado en su asiento. El otro posible Klaus, que halló tras recorrer todo el convoy y cruzarse de nuevo con el jefe de tren, al que contestó a su pregunta de si ya había encontrado su compartimiento con un efusivo “Sí, gracias”, estaba de pie en uno de los pasillos, oteando el paisaje por la ventanilla bajada, aspirando el aroma del valle al atardecer. Era un tipo alto, fornido, y era bastante similar a la fotografía que guardaba en el bolsillo, parecido en todo menos en la tonalidad del pelo, mucho más oscuro el de la fotografía que el del presunto Klaus. Podía serlo como podía no serlo. ¿Cómo estar completamente seguro de que ese hombre era el que buscaba? ¿Cómo cerciorarse de ello? ¿Por ser el que más se parecía de todos los viajeros que había inspeccionado? Aquello no era determinante. Podía existir un margen de error y fracasar su misión. Asesinar a un falso Klaus tendría entonces una doble lectura de fracaso. Primero asesinar a un pobre inocente, privarle de la vida, y hacerlo él, que tanto odiaba la maldita misión, que tan incómodo  se sentía en ella; segundo, dejar en libertad al verdadero Klaus, con lo que la red interior quedaría totalmente desmantelada y sus compañeros serían masacrados y él, con todo seguridad, objeto de una ejecución sumarísima, del estilo de la de Lucas el Carnicero. Sólo si algún conocido se dirigiera al posible Klaus por su nombre podría salir de dudas, pero tenía la sospecha de que el posible Klaus, como él, viajaba solo.                                                                                                                                                                           ***     

        Las ciudades pasaban a más velocidad de lo que Otto deseara. Glattbrugg, Kloten, Bulach. Unos carteles balanceándose sobre los andenes, iluminados por focos amarillentos, que se detenían lo justo para que Otto pudiera deletrearlos y comprobar con angustia su proximidad a la frontera alemana.  El tren, para Otto, se había convertido en una larga serpiente, tan venenoso como el ofidio, en cuyo interior no conseguía obtener la paz ni razonar con un mínimo de cordura. Pasaba de un vagón a otro, escudriñando caras y más caras dentro de los compartimientos, esperando la apertura de las puertas de los retretes para ver si quien salía de ellos guardaba algún parecido con Klaus, entrando y saliendo del vagón cafetería.             - ¿Encontró por fin su compartimiento, señor?   Era la cuarta vez que tropezaba con el jefe de tren. Había coincidido con él en el primer vagón, en el vagón de cola, mientras esperaba abrirse la puerta de un retrete.        

    - ¿Falta mucho para la frontera alemana? -Le miró de forma sospechosa. Lucía un bigote prusiano, ancho y de abundante pelo, cuyas guías luchaban contra la ley de la gravedad; seguramente era un suizo alemán, un disimulado simpatizante del cabo austriaco al que la proverbial neutralidad de su país le estuviera pareciendo una deshonor.    

         - Tres estaciones, caballero. 

             Klaus, Klaus, ¿dónde estás, maldito Klaus? El hombre que estaba sentado entre las dos mujeres se había levantado y se había dirigido al vagón cafetería. No podía ser él, pese a su parecido, imposible aquel tipo de piernas cortas y cierta cojera al andar. Bernstein se lo hubiera dicho, habría hablado de su estatura y de su defecto físico. El otro Klaus seguía asomado a la ventanilla del tren. ¿Qué estaba escudriñando en la oscuridad? Las luces titilantes de las aldeas, perdidas en las montañas, el contorno rojizo de las nubes, sobre el más oscuro cielo, o, simplemente, se escondía, disimulaba, sabiéndose acechado. Se aproximó y, como él, pegó la nariz al cristal de la ventanilla, y mientras lo hacía lo miró de reojo. El posible Klaus temblaba, como si se sintiera amenazado, como si presintiera cercano un peligro. Y a fe cierta que el peligro estaba muy próximo a él, a sólo cincuenta centímetros. Dejaron atrás la estación de Neuhausen, la última antes de entrar en territorio enemigo.            - ¿Vuelve a Alemania? - le preguntó Otto en alemán. 

           El posible Klaus giró la cabeza. Estaba muy pálido y le miró sobresaltado mientras tragaba saliva y la nuez se estremecía en su cuello, amenazando estrangularlo.  

          - Sí, regreso por un asunto familiar grave. ¿Y usted?

            - Yo debo cerrar un negocio. 

                                                                           ***      

       Tocó la culata de la Luger. Estaba fría. Tan fría como su mano, o su corazón. Acechó, desde una punta del vagón, a que éste se vaciara. La gente entraba en sus compartimientos a recoger sus equipajes y momentáneamente, en el pasillo, que se le antojaba larguísimo sólo estaban él y el presunto Klaus. Montó  el arma, bajo la gabardina, quitó el seguro, ajustó con cuidado el silenciador. El tren entró en un túnel, al final del cual estaba Alemania, y aquella era la última ocasión, la única. Avanzó por el pasillo, bamboleándose todo él por los traqueteos del tren, hacia el presunto Klaus que comenzaba a despegarse del vidrio. La víctima hizo un gesto, como una media vuelta, que fue interpretado por Otto como una huida, o un deseo, tal vez, de entrar en su compartimiento a recoger su equipaje para descender del tren y pasar el control aduanero. El disparo no se oiría, ni el grito; los silbidos del tren, el ruido que hacía atravesando el túnel, la rítmica melodía de las traviesas se convertirían en cómplices del asesinato.            

- ¡Klaus! - gritó Otto - ¡Klaus! - volvió a gritar, con voz desgarrada, mientras la distancia entre ambos se acortaba con tanta rapidez como los pies de Otto, adormecidos, que no sentía, se deslizaban por el pasillo.  Hubiera deseado que no se volviera, que se hubiera refugiado en su compartimiento, que le hubiera rectificado y dado otro nombre, pero no fue así. El hombre se volvió y le miró con extrañeza a los ojos.  Entonces disparó Otto sobre él, sin sacar el arma de la gabardina, por entre los botones negros y redondos, un respiradero de su coraza, y vio a Klaus alcanzado de lleno por los impactos caer al suelo tras golpearse la nuca con el vidrio al que había estado apegado durante todo el viaje. Saltó por encima de él, se dirigió al vagón de cola, como alma que lleva el diablo, y de repente el frío que durante tantos días le había invadido desapareció para dejar paso a un calor abrasador.                                                                                 

                                                                       ***

            Berstein le había condenado a muerte y Loester estaba allí, con la pistola montada, apuntándole mientras, detrás de él, la única escapatoria era el agua helada del lago Constanza. La organización del interior había caído en peso, se hablaba de un sinfín de ejecuciones, de una purga en el estamento militar proclive a una acción militar contra el Reich, y él, Otto, era el único responsable. Todo se basaba en una cuestión de interpretaciones. En una medida. Bernstein había jurado solemnemente que había proporcionado a Otto toda la información precisa para que pudiera identificar y eliminar a Karl en el viaje de Zurich a Schaffhausen. De nada le había servido a Otto decir que entre la información facilitada por Bernstein había un dato crucial erróneo que había hecho fracasar toda la operación: la estatura de Klaus. Otto había asesinado a un inocente y había sido instrumento en manos de una mente retorcida que jugaba a las dos cartas y libraba su guerra particular. Estaba convencido de que el engaño de Bernstein había sido deliberado, de que el falso judío escapado de la Alemania nazi no era otra cosa que un agente de la Gestapo que se había infiltrado en la organización con el fin de desmembrarla. Pero se llevaría su convicción a la tumba. ¿Quién iba a escucharle? ¿Loester? El ejecutor ya había apretado tres veces el gatillo antes de que Otto pudiera expresar su último pensamiento, y el hijo del señor Glessner se zambulló con tres balas de plomo en el cuerpo en las oscuras y gélidas aguas del lago Constanza como una víctima más de la locura homicida que recorría Europa.       

JOSÉ LUIS MUÑOZ   

Carrera de relevos

Lunes, Mayo 5th, 2008

Manuel García Sánchez ganó el primer concurso de relatos en Puerto Serrano (Cádiz). Actualmente colabora en la revista literaria “EL DIVÁN” de Prado del Rey, y también trabaja en ”REFERENCIAS MAGAZINE” que verá la luz en este mes.

Además de colaborar en la “Bienal de Poesía de Villamartín” y ser el organizador del primer encuentro literario en Puerto Serrano, entre otros actos, es miembro cofundador del colectivo cultural “ALDABA”.

Aún le queda tiempo a Manuel García de participar en lecturas en distintos pueblos de la provincia de Cádiz.

Nos ha mandado el siguiente trabajo titulado:

CARRERA DE RELEVOS:

 Comenzamos en la posición del insecto estático. Me adelanté buscando el contacto de sus guantes, probarle, había que probarle. Saber si su izquierda es tan rápida como la presume. Se cubre bien mis golpes que se pierden ante su seguridad. De repente me lanza una combinación, después de una hábil esquiva retrocedo. A partir de ahí el combate es suyo. Chocan la dureza de mi experiencia con la flexibilidad de su juventud. Estoy perdido, sus tibias vienen a mi encuentro y sus puños se vuelven invisibles. Una gota de sangre le da sabor a mi protector dental. Aún así me recompongo, le pido un poco de crédito a mis pulmones, conservo la guardia y le sorteo, oscila mi cabeza en un frenético baile marcado por la destreza de sus zarpas. El sudor me pesa y los años me escuecen. Ha de tener algún fallo, me digo. Pero no se los veo. Intento salir con la zurda, mi orgullo de antaño, y me caza con su cruzado de derecha en pleno mentón. El suelo me espera tambaleándose. No es para tanto, me consuelo. Mi oponente me ofrece su mano para que me levante. Abro mi boca ofreciéndole una sonrisa negra. Tengo motivos para estar contento. No hijo, tu padre todavía se levanta solo.   

 

 

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MANUEL GARCÍA SÁNCHEZ