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Archivo para 12. Noviembre 2008
LA FUGA
12. Noviembre 2008 por admin.
Carlos Enrique Cabrera es escritor, profesor universitario y promotor cultural. Estudió Filología Hispánica en la Universidad autónoma de Madrid y desde 1994 se desempeña como profesor a tiempo completo del Área de Humanidades del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). En el 2001 fundó la revista cultural de letras, arte y pensamiento CAUDAL, que bajo su dirección lleva ya publicados 26 números.
Ensayos y cuentos suyos han aparecido en diversos medios impresos y digitales y son de su autoría el libro: “Reflexiones de bolsillo (2002)” y el conjunto de microcuentos de pronta aparición: “Conjuros”.
Mantiene en “LA COMUNIDAD” del diario “EL PAÍS” el blog Conjuros.
Nos ha mandado este relato y que nosotros lo publicamos para que disfruten de la lectura del mismo y puedan comprobar el estilo de Carlos Cabrera. Describe con pasión una escena que queda grabada para siempre en un grupo de muchachos. Merece la pena leerlo y reflexionar sobre lo sucedido.
LA FUGA
En la apacible tarde de verano el grupo de amigos de siempre paseábamos por la hermosa alameda que bordea el río. Como era habitual en nuestros encuentros Álvaro monopolizaba por completo nuestra atención, exponiendo, con la sin igual gracia y desenvoltura que le era connatural, sus más que interesantes y originales puntos de vista “sobre lo divino y humano”.
De pronto, en un detetminado momento calló, giró bruscamente sobre sí mismo y corrió calle abajo a toda velocidad, desbocado, como alma venida a buscar por el Ángel Derrotado. Tan repentina y veloz fue su huida que sólo por milagro cogimos al vuelo un fragmento de su cara y ciertamente hubiera sido mejor no haber llegado a hacerlo: la torturada expresión que entrevimos fue la de un alma sometida a los rigores de una extrema desesperanza o de una lacerante pena.
¿Qué había sucedido? ¿Qué? Apenas segundos antes nuestro amigo aparecía ante nosotros como de ordinario, desbordante de gracia y agudo ingenio, prodigándonos la más alegre y contagiosa risa que pudiera oírse, risa con la que nos embadurnaba el alma como luz astral para lanzárnosla entre chispeantes destellos a la más loca expansión de alborozado entusiasmo. Y de pronto aquella loca carrera inesperada y desconcertante de verdadera alma en pena.
Como si de antemano nos hubiésemos puesto de acuerdo para no hacer el menor comentario sobre el insólito hecho, todos quedamos en el más cerrado mutismo, como atornillados a la acera y sin saber qué hacer ni qué actitud adoptar, perdidos en un mar de conjeturas a cuál de todas más sombrías y deprimentes. Álvaro continuaba allí entre nosotros, ocupaba como siempre la atención del grupo, pero ahora como era habitual y acostumbrado, ahora con todo el peso de lo irremediable y terrible, de lo trágico; pues de algún oscuro modo intuíamos que su intespectivo gesto revestía toda la trascendencia de una lucha entre la vida y la muerte o entre la razón y la locura…
Cuando por fin, sobreponiéndonos a la fuerte impresión recibida, reempredimos la marcha, lo hicimos como si de pronto hubiésemos envejecido: encorvados y cabizbajos, hundidas las manos en lo hondo de los bolsillos de los pantalones, arrastrando lerdos los pies sobre las enormes losas de colores del paseo, fija la mirada en sus enmarañadas figuras geométricas, como si quisiéramos perdernos en sus laberínticos trazos para ya no regresar jamás…
Moría ya la tarde. El cielo se arrebujó en su denso manto malva. En la honda calma del crepúsculo el rumor del río nos llegó amplificado, salmodia o rezo o uniforme lamento sin fisuras que nos envolvía por completo, hipnótico. Súbita, una bandada de pájaros voló sobre nuestras cabezas y su estrépito (graznidos y aleteos) nos sacó del profundo ensimismamiento en el que nos hallábamos inmersos. Todos al unísono levantamos la mirada al cielo -en cuyo azul infinito perdíanse ya raudas las aves…- y a seguidas nos miramos a los ojos.
El aire a nuestro alrededor se cortaba. Un plúmbeo silencio constreñía nuestras almas como una cota de malla. Ernesto -que del grupo era el que mejor y desde más tiempo conocía a Álvaro-, lo rompió de golpe con un casi inaudible susurro:
Sí -dijo-, eso le da de vez en cuando, y cuando le da no hay más remedio que dejarlo, pues de nada sirve entonces hablarle, intentar calmarlo, consolarlo, enfrentar razones a su desvarío…
Fue todo; escueto monólogo que tan inopinadamente como surgió acabó, retornando en el acto su emisor al apesadumbrado mutismo precedente, grávido de lúgubres presagios, sin que ninguno de nosotros le pidiéramos explicaciones, por el contrario, seguimos nuestro lento avance sobre la acera como si nada hubiera pasado, como si nada hubiésemos oído ni nada hubiésemos presenciado, como si nadie allí hubiera hecho comentario alguno y nada, por tanto, tuviésemos que inquirir o indagar al respecto… (Pero yo sabía -y sabía que todos allí sabíamos- que de ninguna manera podíamos dejar de pensar en el gesto tan extraño y desconcertante de nuestro amigo ausente y en las amargas y desesperanzadas palabras de Ernesto, que parecían proponer o acercar una explicación posible…).
Era ya noche cerrada cuando nos separamos; cada cual enfiló rumbo hacia su respectiva casa sin intercambiar la menor frase de adiós ni despedida y sin volver ni un solo instante la vista atrás…
En adelante ya jamás fuimos los mismos…
CARLOS ENRIQUE CABRERA
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