
Águeda Iris nació en Barcelona hace 47 años. Es escritora y correctora profesional, dedicando parte de su tiempo a la corrrección de manuscritos de autores noveles para que lleguen con la máxima calidad en su primera presentación a las editoriales para su posible publicación.
Su pasión por la poesía se remonta a los quince años. Autora polifacética, escribe reportajes de autoayuda en revistas especializadas en el entorno al VIH.
En Enero del 2007 publica su primer libro: “Poesía de mujer”. En Abril de este año sale a la luz su segunda obra, un libro de relatos para adultos titulado: “Relatos de tres minutos en los que pensarás tres días”.
Participó como Rapsoda en el I Recital Poétic “Camp a través” de Figueres.
En Junio ha sido seleccionada con sus poemas para formar parte del libro “La mujer rota” como parte del homenaje a Simone de Beauvoir en el centenario de su natalicio y en solidaridad con las mujeres rotas del mundo. Actualmente escribe su primera novela.
Nos ha mandado este relato que impresiona por las vueltas que da la vida.
LA VIDA, VIENE Y VA:
Esa tarde, a Ángela le llegó un correo electrónico de su hijo: “Mamá, mira esto, no te lo vas a creer”. Intrigada abrió el enlace.
Frente al hombre que la miraba desde la fotografía, no pudo impedir que el tiempo corriera hacia atrás y hacia adelante al unísono. En esas secuencias que se sucedieron mientras miraba su imagen, se agolparon sus recuerdos e intentó imaginar los últimos veinte años de la vida de Antonio, su gran amor.
Recordó, ya sin dolor, sus últimas palabras: “Eres el amor de mi vida, la mujer que más he amado y amaré. Sé que me arrepentiré de abandonarte. Pero no puedo vivir con tanto miedo”.
Eso había sido veinte años atrás, cuando a Ángela le diagnosticaron una enfermedad grave y contagiosa, con desenlace de muerte segura, en menos de un año. Sin embargo, contra todo pronóstico, Ángela no enfermó ni murió, aunque cada día se levantaba con la espada de la muerte sobre su cabeza y la sensación de que en cualquier momento la atravesaría y segaría su joven vida.
Se habían conocido cinco años atrás, ella tenía veinticinco y era desenvuelta, alegre e inteligente. Tenía una natural, pero admirada belleza. Estaba separada y su hijo de siete años era su única familia. Trabajaba por aquel entonces como secretaria, en una agencia de modelos, en la que en los momentos que necesitaba dinero para llegar a fin de mes, también lo hacía como modelo de fotografía y pasarela.
Fue el trece de julio de ese año, lo recordaba con exactitud. Antonio, joven y atractivo empresario, celebraba en una discoteca, junto a sus tres socios, el cierre de un estupendo contrato con la firma japonesa de componentes electrónicos de alta tecnología más reconocida de Europa. Ángela desfilaba esa misma noche en la misma discoteca. Al cruzarse sus miradas, los dos supieron de ese amor fulminante.
A partir de entonces, Antonio hizo grandes locuras por su amor. Nada ni nadie lo podía parar. En dos semanas, rompió su relación de cinco años con una rica heredera y abandonó la casa de sus padres a pesar de la amenaza de desheredarlo. Ángela la abrió las puertas de su casa y de su corazón.
En ese ir y venir del tiempo delante de la pantalla del ordenador, mirando la imagen de ese abuelo de cara dulce y triste que vagamente se parecía a la del guapísimo y rico empresario, Ángela se preguntó: “¿Al final, todo para qué?”
Al día siguiente, un nuevo correo de su hijo suscitó su interés. Le decía que tenía una entrevista con Antonio, que ahora era dueño de una gran compañía con agencias en todo el país y que habían seleccionado su empresa, recién creada, para facilitar soporte informático a todas las sucursales. “Mamá, va a alucinar, cuando sepa quién soy”.
Emocionada, Ángela recordó los momentos felices que habían pasado los tres.
Se preguntó cómo reaccionaría Antonio al encontrarse con su hijo. Pronto supo que saltó de su sillón al reconocer a aquel chiquillo que tanto había querido, convertido en un hombre y se abrazaron con efusión. Al acabar la mañana, firmaron el contrato sin hablar de trabajo, Antonio le preguntó sobre su vida y la de su madre. Le pidió el teléfono de Ángela.
Ella esperó su llamada. Quedaron para comer. Era otro trece de julio, veinte años después de conocerse.
Antonio le contó cómo había vivido la vida con éxito y dinero. Sin dejar mirar sus ojos tristes, Ángela le detalló su vida de lucha continua, de valiosa supervivencia y humildad. Recordaron su amor. A Ángela ya no le dolía. Sin embargo, Antonio le dijo que nunca le había dejado de doler. Seguramente, eso le había hecho envejecer tan deprisa, tanto que Ángela parecía su hermana pequeña, cuando él era dos años más joven que ella.
Se encontraron la semana siguiente, la otra y la siguiente. A pesar de la dicha que le provocaba su cercanía, Antonio seguía con la tristeza en la mirada. Ella intentó que eso cambiara, aunque fuese sólo por unos minutos. No entendía por qué estaba así, si aparentemente lo tenía todo.
-Siempre lo he tenido todo, pero abandoné lo que de verdad necesitaba, el amor -le confesó al fin. -Fui un cobarde, no debería haberlo hecho.
-No te tortures, lo que pasó ya pasó y aún tenemos mucho tiempo por delante -le dijo Ángela con cariño.
Las lágrimas se agolparon en los ojos de él.
-Te lo tengo que decir, y sé que tú no saldrás huyendo…Me muero, sólo tengo dos meses de vida -dijo de pronto.
A Ángela se le hizo un nudo en la garganta y rompió rápidamente a llorar.
-Sin embargo moriré feliz, si tú estás a mi lado -agregó Antonio con un atisbo de ilusión en la mirada, por primera vez.
Ángela fue contratada como enfermera personal en la casa de Antonio. Durante cuatro meses, no sólo le dedicó sus cuidados, sino también su ternura y su complicidad, hasta el último instante de su muerte.
Las últimas palabras de Antonio fueron: “Nunca dejé de amarte”.
ÁGUEDA IRIS