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Archivo para Mayo 2008
Feria del Libro de Madrid
31. Mayo 2008 por admin.
La Feria del Libro de Madrid comenzó ayer. Y estará hasta el 15 de Junio exponiendo los libros, con las firmas de escritores de la talla de Antonio Gala, Juan Manuel de Prada, Juan Carlos Biedma… y siempre es un acontecimiento que los libros sean del interés de la mayoría de los que transitan por las ferias de España. Recientemente terminó y con gran éxito la Feria del Libro de Sevilla, y esta semana la Feria de Málaga se pone en marcha (nuestro escritor José Luis Navarro Lara estará firmando sus libros infantiles).
Se cumplen 75 años de la Feria del Libro de Madrid y aunque siempre es tradición que la lluvia acompañe (como todos los años), esperemos ver una buena afluencia de público que visite las 363 casetas (entre distribuidores, libreros y editoriales).
Feliz Feria del Libro a todos.
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El otro Klaus
29. Mayo 2008 por admin.
Otto Glessner entró en la cervecería Heidelberg que se abría en una de las populosas esquinas de la plaza Oberagen de la ciudad de Zurich. El ambiente, al entrar, olía a cerveza, generosa y espumosa cerveza que los camareros escanciaban en jarras de barro de todos los tamaños, a salchichas de Frankfurt y a tabaco de pipa. Buscó por el local, rápidamente, hasta que su mirada topó con la del hombre de la gabardina.
“En la cervecería Heidelberg, a las seis, estará su contacto. Lo reconocerá por su gabardina blanca, por la montura de sus gafas dorada y por un ejemplar de “Frankurt Main” que llevara bajo el brazo”.
Otto Glessner se aproximó al individuo de la gabardina y tomó asiento en su mesa.
- Herr Koenig, me imagino.
- ¿Y usted debe ser Otto?
- Kostner me dijo que usted me daría instrucciones.
Koenig no miraba de frente, cosa que a Otto no le agradó. Koenig tenía una cara pétrea, unos ojos pequeños, unas arrugas pronunciadas, esculpidas en la frente por el cincel de los años, la barbilla tan cuadrada que no parecía humana. Abrió los labios ligeramente para dejar pasar un sorbo de cerveza y luego habló en voz baja, mirándose las gruesas manos mientras hablaba.
- Vaya al excusado. En la cisterna encontrará una bolsa de plástico con todas las instrucciones. Dentro hay un billete de tren, una pistola Luger con su cargador completo y una fotografía. La fotografía no es muy clara, pero es lo único que tenemos de Klaus.
- ¿Klaus? ¿Nadie me había hablado de Klaus?
- Ese hombre no debe bajar del tren.
- Pero a mí nadie me había hablado de eliminar a Klaus.
- ¿No se echará atrás ahora? No lo podemos consentir. No hay otro hombre. Si Klaus consigue llegar hasta la frontera alemana nuestros hombres del interior caerán de forma inexorable. ¿Entiende cuál es su responsabilidad?
- La entiendo.
Y guardó silencio, hasta que el hombre de la gabardina se levantó, pasó por su lado y le susurró antes de perderse entre los parroquianos que inundaban la cervecería Heidelberg.
-Buena suerte.
***
Otto Glessner se encerró con llave en su habitación. Hacía frío, pero la señora Girondelle, que había heredado de su difunto marido un enfermizo sentido del ahorro, se negaba a encender la caldera central de carbón aduciendo que aún no habían entrado de lleno en el invierno. Otto, estremeciéndose, se metió dentro de la cama sin desvestirse; sólo se sacó los zapatos con las puntas de los pies, mientras se frotaba las manos. La noche caía en la ciudad de Zurich y las mortecinas farolas inundaban con su luz amarillenta las calles húmedas de la urbe. Desde que había tomado de la cisterna del lavabo de la cervecería Heidelberg la bolsa de plástico que contenía el billete de tren, la pistola Lugger y la fotografía de Karl, una sensación de angustia y frío le dominaba. Bernstein no le había informado bien en qué consistiría su misión. Bernstein había omitido deliberadamente revelarle que debía matar a un hombre. ¿Por qué él, que no se había distinguido precisamente en actividades armadas, cuyo labor era, simplemente, la de mero correo de la organización? La razón de ello se le escapaba. ¿O quizá se tratara simplemente de probar su fidelidad, de poner a prueba su lealtad? Otto había visto la muerte en dos ocasiones, y la sensación que le produjo aquello le hizo perder el apetito durante semanas. La primera de aquellas muertes fue un ajusticiamiento, alguien había soplado que Lucas el Carnicero, apodado de esa guisa porque en la vida civil, antes de que estallara la horrenda guerra, estaba empleado de matarife en una granja de Rusembrock, - en broma se decía que del roce diario con los cerdos se le había pegado un cierto olor desagradable y también la tersura rosácea de su piel - era un traidor, un nazi infiltrado en la organización, y el delator había aportado pruebas que a los cinco miembros del comité de decisión les parecieron concluyentes e irrefutables. Otto asistió a su ejecución en un viejo almacén de telas, abandonado y oscuro, una ruina que pronto iba a ser demolida. Lucas el Carnicero estaba pálido, sudaba, temblaba y tartamudeaba tratando de dar toda clase de explicaciones mientras el verdugo, un tal Loester, un tipo frío y calculador, ajustaba el silenciador a su pistola. Sólo oyó un zumbido y luego una silueta que se derrumbaba en la penumbra y el ruido sordo de ochenta kilos de carne cayendo sobre el suelo del almacén. Y después frío, un frío espantoso. El segundo muerto que vio fue su padre. Hacía tiempo, desde la desaparición de su atractiva madrastra Berta con un agente de seguros con fama de conquistador, que el señor Glessner había decidido echar un pulso a la bebida. Era frecuente encontrarlo trasegando cervezas en las tabernas que cerraban más tarde, sentado en las escalinatas del puerto, con la vista fija en el agua oleosa, con una botella de vino en la mano o completamente echado sobre la acera de cualquier calle del barrio portuario. Aquella noche Otto se despertó al sentir un golpe sordo seguido de un grito ahogado y un gemido entrecortado. Al pie de las escaleras yacía el señor Glessner, víctima de la última y definitiva borrachera, con el cráneo quebrado y un cerco de sangre circundando la coronilla.
***
En la estación de Kronisberg el bullicio era similar al de cualquier jueves. De Kronisbger, nudo ferroviario de Zurich, partían los ferrocarriles que llevaban hasta la frontera de Schaffahusen y los Alpes italianos, por ello no era casual que coincidieran en el mismo andén tipos tan desparejos como los cetrinos italianos del sur que, agotada la temporada agrícola, volvían a sus tierras ufanos de sus ahorros, los circunspectos suizos o los alemanes en viajes de negocios que regresaban a su país.
- Último aviso a los pasajeros con destino al Schaffausen. Tren 8 estacionado en la vía 4 iniciará en breve su trayecto. Permaneció hasta el límite de tiempo en el andén. Se había pasado la noche anterior en vela, en la habitación gélida de la señora Girondelle, mirando una y otra vez la foto de Klaus hasta estar seguro de haberla memorizado, de saber identificarle y localizarle. No era un tipo vulgar para su suerte; piel blanca y ojos claros, azules o verdes, no se podía apreciar en la fotografía, nariz grande para el prototipo de ario que trataba de exportar el III Reich, cejas espesas que casi se juntaban en los extremos de los arcos praciliares. Oyó un silbido y vio como el vagón más próximo experimentaba una sorda sacudida. De un salto se encaramó al estribo y luego ascendió despacio los peldaños mientras el tren, a trompicones, cogía velocidad y dejaba atrás los andenes, la estación, la ciudad, y se internaba, voraz, por el interior de un valle otoñal.
- ¿No encuentra su compartimiento, señor?- Otto movió la cabeza, expresivamente, mientras alargaba al jefe de tren el billete.
- Está en la cola, el último vagón.
- Muy amable.
Esperó a que el jefe de tren pasara al siguiente vagón para comenzar la inspección del convoy.
***
Otto examinó a conciencia todos los vagones. Indagó en los compartimientos a través de las puertas acristaladas o, cuando tuvo alguna duda sobre la identidad de algún viajero, se internó en el interior de ellos pretextando que no encontraba su asiento. En el segundo vagón, junto al de cafetería, encontró un individuo que bien podría ser Klaus, pero su estatura no coincidía con la que Bernstein le había indicado en el dorso de la fotografía, metro ochenta; aquel tipo escasamente haría el metro sesenta, lo pudo medir pese a hallarse sentado entre dos mujeres y ligeramente ladeado en su asiento. El otro posible Klaus, que halló tras recorrer todo el convoy y cruzarse de nuevo con el jefe de tren, al que contestó a su pregunta de si ya había encontrado su compartimiento con un efusivo “Sí, gracias”, estaba de pie en uno de los pasillos, oteando el paisaje por la ventanilla bajada, aspirando el aroma del valle al atardecer. Era un tipo alto, fornido, y era bastante similar a la fotografía que guardaba en el bolsillo, parecido en todo menos en la tonalidad del pelo, mucho más oscuro el de la fotografía que el del presunto Klaus. Podía serlo como podía no serlo. ¿Cómo estar completamente seguro de que ese hombre era el que buscaba? ¿Cómo cerciorarse de ello? ¿Por ser el que más se parecía de todos los viajeros que había inspeccionado? Aquello no era determinante. Podía existir un margen de error y fracasar su misión. Asesinar a un falso Klaus tendría entonces una doble lectura de fracaso. Primero asesinar a un pobre inocente, privarle de la vida, y hacerlo él, que tanto odiaba la maldita misión, que tan incómodo se sentía en ella; segundo, dejar en libertad al verdadero Klaus, con lo que la red interior quedaría totalmente desmantelada y sus compañeros serían masacrados y él, con todo seguridad, objeto de una ejecución sumarísima, del estilo de la de Lucas el Carnicero. Sólo si algún conocido se dirigiera al posible Klaus por su nombre podría salir de dudas, pero tenía la sospecha de que el posible Klaus, como él, viajaba solo. ***
Las ciudades pasaban a más velocidad de lo que Otto deseara. Glattbrugg, Kloten, Bulach. Unos carteles balanceándose sobre los andenes, iluminados por focos amarillentos, que se detenían lo justo para que Otto pudiera deletrearlos y comprobar con angustia su proximidad a la frontera alemana. El tren, para Otto, se había convertido en una larga serpiente, tan venenoso como el ofidio, en cuyo interior no conseguía obtener la paz ni razonar con un mínimo de cordura. Pasaba de un vagón a otro, escudriñando caras y más caras dentro de los compartimientos, esperando la apertura de las puertas de los retretes para ver si quien salía de ellos guardaba algún parecido con Klaus, entrando y saliendo del vagón cafetería. - ¿Encontró por fin su compartimiento, señor? Era la cuarta vez que tropezaba con el jefe de tren. Había coincidido con él en el primer vagón, en el vagón de cola, mientras esperaba abrirse la puerta de un retrete.
- ¿Falta mucho para la frontera alemana? -Le miró de forma sospechosa. Lucía un bigote prusiano, ancho y de abundante pelo, cuyas guías luchaban contra la ley de la gravedad; seguramente era un suizo alemán, un disimulado simpatizante del cabo austriaco al que la proverbial neutralidad de su país le estuviera pareciendo una deshonor.
- Tres estaciones, caballero.
Klaus, Klaus, ¿dónde estás, maldito Klaus? El hombre que estaba sentado entre las dos mujeres se había levantado y se había dirigido al vagón cafetería. No podía ser él, pese a su parecido, imposible aquel tipo de piernas cortas y cierta cojera al andar. Bernstein se lo hubiera dicho, habría hablado de su estatura y de su defecto físico. El otro Klaus seguía asomado a la ventanilla del tren. ¿Qué estaba escudriñando en la oscuridad? Las luces titilantes de las aldeas, perdidas en las montañas, el contorno rojizo de las nubes, sobre el más oscuro cielo, o, simplemente, se escondía, disimulaba, sabiéndose acechado. Se aproximó y, como él, pegó la nariz al cristal de la ventanilla, y mientras lo hacía lo miró de reojo. El posible Klaus temblaba, como si se sintiera amenazado, como si presintiera cercano un peligro. Y a fe cierta que el peligro estaba muy próximo a él, a sólo cincuenta centímetros. Dejaron atrás la estación de Neuhausen, la última antes de entrar en territorio enemigo. - ¿Vuelve a Alemania? - le preguntó Otto en alemán.
El posible Klaus giró la cabeza. Estaba muy pálido y le miró sobresaltado mientras tragaba saliva y la nuez se estremecía en su cuello, amenazando estrangularlo.
- Sí, regreso por un asunto familiar grave. ¿Y usted?
- Yo debo cerrar un negocio.
***
Tocó la culata de la Luger. Estaba fría. Tan fría como su mano, o su corazón. Acechó, desde una punta del vagón, a que éste se vaciara. La gente entraba en sus compartimientos a recoger sus equipajes y momentáneamente, en el pasillo, que se le antojaba larguísimo sólo estaban él y el presunto Klaus. Montó el arma, bajo la gabardina, quitó el seguro, ajustó con cuidado el silenciador. El tren entró en un túnel, al final del cual estaba Alemania, y aquella era la última ocasión, la única. Avanzó por el pasillo, bamboleándose todo él por los traqueteos del tren, hacia el presunto Klaus que comenzaba a despegarse del vidrio. La víctima hizo un gesto, como una media vuelta, que fue interpretado por Otto como una huida, o un deseo, tal vez, de entrar en su compartimiento a recoger su equipaje para descender del tren y pasar el control aduanero. El disparo no se oiría, ni el grito; los silbidos del tren, el ruido que hacía atravesando el túnel, la rítmica melodía de las traviesas se convertirían en cómplices del asesinato.
- ¡Klaus! - gritó Otto - ¡Klaus! - volvió a gritar, con voz desgarrada, mientras la distancia entre ambos se acortaba con tanta rapidez como los pies de Otto, adormecidos, que no sentía, se deslizaban por el pasillo. Hubiera deseado que no se volviera, que se hubiera refugiado en su compartimiento, que le hubiera rectificado y dado otro nombre, pero no fue así. El hombre se volvió y le miró con extrañeza a los ojos. Entonces disparó Otto sobre él, sin sacar el arma de la gabardina, por entre los botones negros y redondos, un respiradero de su coraza, y vio a Klaus alcanzado de lleno por los impactos caer al suelo tras golpearse la nuca con el vidrio al que había estado apegado durante todo el viaje. Saltó por encima de él, se dirigió al vagón de cola, como alma que lleva el diablo, y de repente el frío que durante tantos días le había invadido desapareció para dejar paso a un calor abrasador.
***
Berstein le había condenado a muerte y Loester estaba allí, con la pistola montada, apuntándole mientras, detrás de él, la única escapatoria era el agua helada del lago Constanza. La organización del interior había caído en peso, se hablaba de un sinfín de ejecuciones, de una purga en el estamento militar proclive a una acción militar contra el Reich, y él, Otto, era el único responsable. Todo se basaba en una cuestión de interpretaciones. En una medida. Bernstein había jurado solemnemente que había proporcionado a Otto toda la información precisa para que pudiera identificar y eliminar a Karl en el viaje de Zurich a Schaffhausen. De nada le había servido a Otto decir que entre la información facilitada por Bernstein había un dato crucial erróneo que había hecho fracasar toda la operación: la estatura de Klaus. Otto había asesinado a un inocente y había sido instrumento en manos de una mente retorcida que jugaba a las dos cartas y libraba su guerra particular. Estaba convencido de que el engaño de Bernstein había sido deliberado, de que el falso judío escapado de la Alemania nazi no era otra cosa que un agente de la Gestapo que se había infiltrado en la organización con el fin de desmembrarla. Pero se llevaría su convicción a la tumba. ¿Quién iba a escucharle? ¿Loester? El ejecutor ya había apretado tres veces el gatillo antes de que Otto pudiera expresar su último pensamiento, y el hijo del señor Glessner se zambulló con tres balas de plomo en el cuerpo en las oscuras y gélidas aguas del lago Constanza como una víctima más de la locura homicida que recorría Europa.
JOSÉ LUIS MUÑOZ
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Un gran director
28. Mayo 2008 por admin.
Ha muerto Sidney Pollack. Tenía 73 años y nos ha abandonado el que fuera actor, productor y director de películas como “Tootsie”, “Tal como éramos”, “Memorias de África”(por la que ganó la estatuilla dorada como mejor director), y produjo películas de la talla de “Sentido y Sensibilidad”, “El paciente inglés” o “Could Mountain”.
El cineasta falleció la madrugada del lunes al martes, víctima de un cáncer. Su carrera siempre será recordada detrás de las cámaras (rodó mas de veinte películas). Fue un amante de filmar con actores célebres y se rodeó de ellos para dirigirlos: Natalie Wood, Robert Redford, Al Pacino, Harrison Ford, Burt Lancaster, Meryl Streep, Barbra Streisand…
De su extensa filmografía destaco dos películas que me marcaron y aún hoy las rememoro con cierta nostalgia:
“Las aventuras de Jeremiah Johnson” con un Robert Redford genial y donde la naturaleza es un personaje más de la cinta, que destila una desbordante poesía con un portento de intensidad narrativa y visual. Una obra magistral.
“Memorias de África” la recuerdo con un comentario de una amiga mía que después de leer la novela de Isak Dinesen y de ver la película, me dijo que ya podía morirse tranquila.
Y eso dice mucho de la película que lo encumbró como un gran director y que ahora se nos ha marchado por la puerta grande de Hollywood.
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L aniversario de Juan Ramón Jiménez
25. Mayo 2008 por admin.
El 29 de mayo se cumple el 50 aniversario de la muerte de un gran poeta: Juan Ramón Jiménez.
Juan Ramón nació en Moguer (Huelva) y su infancia transcurrió entre viñas, olivares y pinares. El contacto permanente que tuvo con la naturaleza hizo que el poeta se empapara de estas visiones y luego las plasmara en sus escritos.
En Sevilla se instruyó de forma intelectual y es donde nació el Poeta, con mayúsculas. Su amor por la pintura y la poesía le marcó para toda su vida.
Luego llegó la neurastenia y los desequilibrios mentales: la muerte de sus padres aceleró sus trastornos, y aunque vivió sus momentos mas felices con Zenobia, su mujer, la desaparición de ésta, le llevó a una depresión profunda de la que nunca se levantó. Murió el 29 de mayo de 1957 en Puerto Rico.
Pero nos dejó un legado poético que siempre nos recordará al poeta amante, y al poeta que saboreó la vida.
Extracto de Platero y Yo
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas…. Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal….Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel….Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña … pero fuerte y seco como de piedra. Cuando paso sobre él los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
-Tiene acero …
-Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
Juan Ramón Jiménez (Platero y Yo)

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Un libro puede ser un juguete
22. Mayo 2008 por admin.
Practiquemos la lectura con los más pequeños del hogar.
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Indiana Jones
16. Mayo 2008 por admin.
Llega a las pantallas la última película del director Steven Spieberg: “INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CARAVELA DE CRISTAL”.
Indy, el famoso arqueólogo que tanto nos hizo disfrutar buscando reliquias y luchando a muerte contra sus enemigos, vuelve a la pantalla grande de la mano de su creador: George Lucas (productor de la saga).
La chaqueta de piel, el sombrero de copa alta y el látigo, vuelven a vestir al actor que lo encarnó en todas las películas: Harrison Ford (ya entradito en años), pero aún con el glamour de ser el aventurero que nos emocionó en aquellas cintas.
El 12 de junio de 1981, Lucas empezó la que iba a ser la saga más emblemática del cine de acción. La banda sonora correrá a cargo de John Williams, y nos transportará a las aventuras del arqueólogo más famoso del séptimo arte.
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Firma de libro
10. Mayo 2008 por admin.
Sábado 10 de Mayo. Feria del Libro de Sevilla. Penúltimo día de presentaciones, actos culturales, stands de librerías, editoriales, cuentacuentos, entrevistas, todo en torno al mundo de las letras.
José Ángel Muriel firmó ejemplares en Librería La Araña y estuvo muy animado el autor de “Ladrones de Atlántida”. Luego, nos encontramos con Edith Checa firmando un libro para la Fundación Ana Bella en apoyo a la mujer maltratada y seguidamente nos desplazamos a la carpa central donde comenzaba una mesa redonda sobre literatura fantástica.
En el centro y moderando al grupo, Ines Martín, propietaria de la librería La Araña, junto a Javier Márquez, Alfonso Merelo, José Ángel Muriel y Pepe Carrasco.Todos insistieron en las pocas posibilidades que se le da actualmente a la literatura fantástica, y más concretamente a los autores españoles. Se habló sobre el márketing que hacen las grandes editoriales para sacar un bestseller, y en contra para los autores de ciencia-ficción, que los apartan y lo clasifican en las últimas estanterias de las librerías.
Pepe Carrasco expuso una idea: que las librerías no reciban ni apilen tantos libros en novedades, sino que se les ofrezca la oportunidad a todos los autores por igual, aunque luego vayan reponiendo según las ventas de cada autor, así no se condicionaría las ventas a los lectores nada más entrar en el establecimiento. Una medida que podrían tomar todas las librerías, pero ya sabemos que es complicado por lo mucho que se juegan las editoriales al apostar por un autor en concreto, como puede pasar con la última novela de Carlos Ruiz Zafón.
En las últimas mesas redondas que he asistido de literatura fantástica he comprobado la negatividad que se siente en el ambiente. Si hubiera que poner un símil, podría compararlo con la última novela que estoy leyendo: “Jonathan Strange y el señor Norrell” de Susanna Clarke.
Yo equiparo a los autores que escriben fantasía a los antiguos magos de la novela que pulularon en la Inglaterra de 1800. Todos dispersados, cada uno haciendo su propia guerra, y cuando podrían estar juntos para potenciar el fantástico en nuestro país, se disgregan y no quieren esa unión. En la mesa echaron las culpas a las editoriales de no creer en éste género, aunque yo, como editor, podría añadir que las pequeñas sí que lo hacen y les damos esa oportunidad.
Aunque así funcionamos en España: Los autores culpan a las editoriales de que su libro de fantasía no funciona, la editorial a la distribuidora que no trabaja bien, el distribuidor a los libreros que clasifican los géneros, y los libreros que difunden el libro al lector que no los compra y por tanto tiene que quitarlo de sus novedades. Siempre es la pescadilla que se muerde la cola. Soluciones las hay, pero hay que buscarlas entre todos.
Hacerse un hueco en el mundo editorial, y más en el género fantástico es una tarea difícil; pero se puede conseguir y muchos han llegado a lo más alto: Javier Negrete, José Carlos Somoza, Laura Gallego… y otros que lo están consiguiendo: Rafael Marín, David Mateo, Juan Miguel Aguilera…Seguiremos apoyando desde nuestra editorial no sólo al género fantástico sino a los autores que aporten calidad en sus obras.
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Carrera de relevos
5. Mayo 2008 por admin.
Manuel García Sánchez ganó el primer concurso de relatos en Puerto Serrano (Cádiz). Actualmente colabora en la revista literaria “EL DIVÁN” de Prado del Rey, y también trabaja en ”REFERENCIAS MAGAZINE” que verá la luz en este mes.
Además de colaborar en la “Bienal de Poesía de Villamartín” y ser el organizador del primer encuentro literario en Puerto Serrano, entre otros actos, es miembro cofundador del colectivo cultural “ALDABA”.
Aún le queda tiempo a Manuel García de participar en lecturas en distintos pueblos de la provincia de Cádiz.
Nos ha mandado el siguiente trabajo titulado:
CARRERA DE RELEVOS:
Comenzamos en la posición del insecto estático. Me adelanté buscando el contacto de sus guantes, probarle, había que probarle. Saber si su izquierda es tan rápida como la presume. Se cubre bien mis golpes que se pierden ante su seguridad. De repente me lanza una combinación, después de una hábil esquiva retrocedo. A partir de ahí el combate es suyo. Chocan la dureza de mi experiencia con la flexibilidad de su juventud. Estoy perdido, sus tibias vienen a mi encuentro y sus puños se vuelven invisibles. Una gota de sangre le da sabor a mi protector dental. Aún así me recompongo, le pido un poco de crédito a mis pulmones, conservo la guardia y le sorteo, oscila mi cabeza en un frenético baile marcado por la destreza de sus zarpas. El sudor me pesa y los años me escuecen. Ha de tener algún fallo, me digo. Pero no se los veo. Intento salir con la zurda, mi orgullo de antaño, y me caza con su cruzado de derecha en pleno mentón. El suelo me espera tambaleándose. No es para tanto, me consuelo. Mi oponente me ofrece su mano para que me levante. Abro mi boca ofreciéndole una sonrisa negra. Tengo motivos para estar contento. No hijo, tu padre todavía se levanta solo.
MANUEL GARCÍA SÁNCHEZ
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